Periodistas castrados

Publicado en por elincomodador

Todos nos prostituimos a diario. Lo que ocurre es que nuestros servicios duran 30 ó 31 días y nos pagan a final de mes. Todos nos prostituimos a diario. Nuestras oficinas y empresas son en realidad los prostíbulos que nos dan trabajo. No conozco a nadie que se gane su sueldo de trabajador sin sentirse un poco puta.

Hay una línea bastante peligrosa, que nunca deberíamos cruzar y que sin embargo hacemos. Y   en los tiempos que corren mucho más. Me refiero a firmar un contrato. Esa firma, ese gesto puede ser en ocasiones la peor de las cosas que haremos en toda nuestra vida. Autorizamos a quien sea y por lo que sea a ser dueños de nuestros actos, de nuestro modo de pensar y hasta de nuestra forma de defender determinados temas, al menos en horario laboral.

Los periodistas sabrán a qué me refiero. Cuando una empresa privada te obliga a firmar un contrato en cierto modo te obliga a defender su línea editorial, te obliga a pensar mucho más lo que comentas con tus amigos, a escribir tus estados del facebook con temor a que tu jefe o algún chivato te pueda leer.

Los periodistas tenemos derecho a opinar, a poner en nuestro twitter lo que nos de la gana, a no estar continuamente temerosos si alguien en nuestra empresa nos lee algo que pueda molestar. Los periodistas nos prostituimos sólo en horario laboral.

Trabajar para un periódico de derechas, católico y que defienda el modelo de familia tradicional  no debe impedir que al salir del  prostíbulo, el periodista pueda ir a una manifestación a favor del aborto, a una boda gay o que vote al PSOE en las próximas elecciones.

Digo que no debería impedirlo pero lo cierto es que lo impide. La firma de ese contrato cree dar derecho a los dueños de los medios, a dirigir la forma de pensar de quienes escriben en sus periódicos, hablan en su radios o salen en programas de sus productoras televisivas.

Es otro modo de prostitución. Que se paga a 30 días, que cotiza en la seguridad social y que no expone al trabajador a enfermedades de transmisión sexual pero sí a otra enfermedad  terriblemente contagiosa y sin cura: la falta de libertad de expresión por el hecho de ser periodista.

 

 

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