Aviso a mis enemigos
No hay nada que me produzca más placer que sentarme en la puerta de mi casa. Y no precisamente a coger fresco. Me refiero a sentarme bien cómodo, para esperar el paso del cadáver de mi enemigo.
Sí, soy rencoroso. Y muy vengativo. Por ello no hay nada que me de más gusto que ver ese féretro mientras me como un bocadillo de atún y una bebida isotónica.
El placer de la venganza es entender que tenías razón. Que quien te hizo putadas o te hizo sentir mal acaba como se merece y sí, es disfrutar con la desgracia y el dolor ajeno. En esta sociedad en la que lo políticamente correcto está de moda, me niego a no alegrarme cuando a mis enemigos les va mal. Yo paso de quedar bien con la gente. No me va nada. Lo que en realidad me gusta como buen incomodador que soy es que a los que alguna vez me han jodido les vaya de puta pena.
Hace días que he buscado la silla más cómoda de mi casa y la he plantado en la puerta. Ahora me toca esperar. Sé que en unos días un nuevo féretro pasará y no me lo quiero perder. La última vez, tuve que ir al baño justo cuando pasaba el ataúd con los restos de una enemiga. Esta vez he sido más previsor. Y no pienso entrar en detalles.
Dice mi amiga Ana Conda que pierdo el tiempo con estas cosas y también la energía. Me resulta curioso que sea ella la que me de este consejo. Yo sigo a lo mío y lejos de creer que pierdo algo, estoy convencido de que gano. El placer de dar un corte de manga es como el del sediento cuando tiene frente a sí una jarra de agua helada.
Sentirte bien cuando alguien que te lo ha hecho pasar mal está agonizando, no debe suponer remordimiento alguno. Aquellos que me tratan de convencer que lo mejor es dejar el rencor atrás sí que gastan energías. Porque no hay más ciego que el que no quiere ver ni más rencoroso que el se instala con una silla a verlas venir.
Creo que esto se pone interesante, allí a lo lejos veo un féretro con otro enemigo dentro.